Texto realizado por la comisaria e historiadora de Arte Marta Mantecón para el libro de artista «Paisaje-Lenguaje» de Ana Matey Marañón.
Producido dentro de El Palacio. Residencias Artísticas y Acción Cultural financiado por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular del Ayto. de Gijón/Xixón. 2025
SONATA PARA UN PAN
I. PRIMER MOVIMIENTO
La compositora es una artista que practica, entre otras muchas disciplinas, la cartografía. La acompañan unos cuantos animales como intérpretes, unas gafas doradas de atrezo y unas barras de pan. El proyecto lleva por título Paisaje-Lenguaje. El escenario, un antiguo palacio barroco situado en medio de un barrio obrero y sus alrededores, entre lo urbano y lo rural, donde habría que destacar un viejo molino y un río.
Ana Matey hace mapas, dibujos, fotografías, listados, paisajes sonoros, danza butō y arte de acción. Es nómada y recolectora. El punto de partida de su obra, la mayor parte de las veces, es el acto de caminar, en íntima conexión con sus acciones. Caminar para estar presente, en un permanente aquí y ahora. Caminar con los pies, con las manos, con las ideas. Caminar como pensar, como sentir, como bailar. Las acciones se inician con sencillas instrucciones, como dejar de buscar o ver lo que está ahí. Lo inicialmente planeado se equilibra con el azar. Se trata de ir al encuentro de la diferencia, abrirse a lo desconocido y, en definitiva, traspasar las fronteras entre lo individual y colectivo, lo privado y lo público, lo interior y lo exterior, lo físico y lo imaginario. El camino es el paisaje. El paisaje, una construcción cultural profundamente ligada al lenguaje. «El paisaje se piensa dentro de mí», afirma el arquitecto y escritor Juhani Pallasmaa —uno de sus principales referentes teóricos— retomando las palabras del pintor postimpresionista Cézanne. En el caso de Ana Matey, la naturaleza se piensa dentro de mí.
Desde que aparecieron nuestras primeras huellas como caminantes hace 3.700.000 años, en todas las culturas han existido distintas prácticas que involucran la meditación en movimiento aliada con la respiración. Sin embargo, procedemos de una cultura que percibe la errancia como condena, situando a nómadas, vagabund*s y migrantes al otro lado de la frontera. Caminar es una acción subversiva, porque un cuerpo que se mueve con libertad atenta contra los automatismos de la vida contemporánea, donde se da por sentado que toda la energía consumida debe ser útil al capitalismo; de hecho, la mayor parte de nuestras instituciones son espacios disciplinarios donde los movimientos están profundamente controlados, como el museo, el colegio, el lugar de trabajo, el gimnasio, el hospital o la cárcel. Y estos son solo unos pocos ejemplos. «La fijación en el espacio y el tiempo ha sido una de las técnicas más elementales y persistentes a las que ha recurrido el capitalismo a fin de apropiarse del cuerpo», señala Silvia Federici, de modo que todo lo que suponga una dispersión de la vida, la entropía o el desorden, permite circular conocimientos, experiencias y luchas. Si la movilidad es una amenaza, es urgente reapropiarnos del cuerpo para, de este modo, «expandir y celebrar sus poderes, individual y colectivamente», transformándonos a nosotr*s mism*s y al espacio que nos rodea. Caminar, lo mismo que bailar, es desobedecer.
II. ANDANTE
La sonata es una composición musical que consta de varios movimientos. Uno de ellos suele ser el andante, que es un tempo moderadamente pausado, pues equivale al ritmo de caminar. Ana Matey sabe que caminar despacio es motivo de sospecha.
Paisaje-Lenguaje está articulado por capas a partir de una serie de partituras. La primera consiste en desmenuzar el pensamiento al mismo tiempo que la materia, utilizando pan o papel. La segunda se ejecuta buscando el lugar donde te encuentras en el tomo correspondiente de un diccionario enciclopédico, para después ir recortando las páginas hasta llegar a dicho punto. Resulta hipnótico ver las manos de la artista fragmentando cuidadosamente las hojas del libro, como quien desmenuza un trozo de pan. El resultado es una gran oquedad que deja al descubierto las distintas capas, que recogen un total de 185 palabras que vertebran un listado-camino o un poema perforado. Luego vienen las partituras para ir al encuentro con cuadrúpedos, con plumíferos y, por último, con bípedos en las que el pan, nuevamente, se convierte en instrumento principal. Las acciones para bípedos llevan por título Caminos tiernos con pan duro. Ana Matey crea una pequeña comunidad, primero en grupos de dos, luego de tres y, al final, en torno a una quincena; una propuesta de pas de deux o pas de trois, como una danza en forma de dúo o trío que, el último día, se reconfigura como una acción colectiva. La artista reparte pan con todos aquellos seres vivos con los que interacciona: caballos, ovejas, pájaros o personas.
El pan genera simpatía, sostiene Ana Matey. Quizá por eso lo ha elegido como hilo conductor entre experiencias en todos los recorridos, ofreciendo una poderosa analogía poética («metáfora», en griego, quiere decir «llevar a otra parte»). Más antiguo que la escritura, el pan está hecho de tierra, aire, agua y fuego. Tiene mucho que ver con nuestro cuerpo. Según el escritor Predrag Matvejević: «El cuerpo y el pan se comprenden. Todos los sentidos, cada uno a su manera, están relacionados con el pan». Es un producto de la naturaleza, pero también de la cultura. Su origen tiene que ver con la conversión de la vida nómada en sedentaria, momento a partir del cual nace el capitalismo y se inicia nuestra desconexión con la naturaleza. El cultivo se opone a la recolección silvestre. Será asimismo la causa de la esclavitud y del control biopolítico de las mujeres como reproductoras. Para la antropóloga Anna L. Tsing, «los cereales domesticaron a los humanos», dando lugar a la familia, la propiedad privada, el Estado, así como a las élites y las jerarquías. Todas las culturas tienen un punto de encuentro en el pan. Consagrado por las religiones, los dioses y emperadores mostraban su poder con una corona de espigas. El pan es bendecido, se parte y se comparte. Es el alimento por excelencia. A su alrededor surgen los encuentros, las reuniones, los festejos, las conversaciones. Ofrecer pan es signo de hospitalidad y, a su vez, la encarnación más sencilla de la democracia, metáfora del trabajo y el esfuerzo, génesis de revoluciones y reivindicaciones de la clase obrera.
III. DEVENIR LEVADURA
Paisaje-Lenguaje finaliza con una acción grupal. Ana Matey nos da pan duro, unas gafas doradas y unas pocas indicaciones previas: caminar de dos en dos, en silencio y la mitad a ciegas. Una persona guía a la otra y, al llegar al medio de la ruta, se invierten los papeles. Ella irá delante con unas cuantas barras de pan de más, marcándonos el tempo. Nos acompasamos. De vez en cuando, nos detenemos. Gozamos del canto de los pájaros, de la vista desde el cementerio o de la aparición de una pequeña manada de ciervos. Al llegar al molino, dibujamos un camino con migas de pan, como un río que va a otro río. Este nuevo camino servirá de alimento a otros animales o, tal vez, de compost. Para desmenuzar las barras de pan es preciso frotar, golpear, raspar… Todo en esta caminata tiene un ritmo musical. Después, seguimos caminando juntas, lo más juntas posible, muy juntas. Caminar colectivamente es un poderoso ritual.
Durante la mitad del camino, vamos a ciegas con unas gafas doradas —seguramente, una metáfora de la luz—, como las espigas de los cereales. La ceguera es un estado de la visión que posibilita atravesar la frontera agujereada que separa el microcosmos humano del macrocosmos natural. Nos permite cruzar barreras físicas e imaginarias. Se produce una extraordinaria interconexión con todo lo que nos rodea. La acción va de cuidados, también de confianza. Nos dejamos llevar por la felicidad de viajar sin rumbo (o de perderlo). Cuidar y dejarse cuidar. Expandir la mirada junto al resto de los sentidos. Estar en el cuerpo. Fluir con la incertidumbre para dar cabida al asombro. Descubrir lo verdaderamente valioso. Experimentar algo parecido a la libertad. Tocar tierra.
El espacio es frágil y el tiempo lo desgasta del mismo modo que erosiona nuestros recuerdos. Es como las migas del pan, de ahí la necesidad de aprehenderlo. Decía Georges Perec que escribir es «arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos», todo ello para tratar de conseguir que algo sobreviva. Ana Matey ha creado todo un repertorio de gestos poéticos que hacen del proyecto memoria, atesorando algunas huellas materiales de todo lo vivido. Hace listados que funcionan como recorridos. Construye cartografías con ideas escritas en papeles que dispone en la pared. Elabora mapas colectivos con los diálogos mantenidos con sus acompañantes —para caminar con las manos y con la mente— a lo largo de un gran rollo de papel que recoge todo un imaginario colectivo con el que pensar la comunidad. Y, como buena recolectora, dibuja panes, con grafito o con tinta, hasta que la materia se revela. Su corteza es como la de la tierra, con su relieve, sus valles y sus grietas. Las oquedades y partes interiores recuerdan leños quemados. Paradójicamente, el pan se convierte en territorio. La artista reconoce que tras haber realizado el primero, los demás se hacen solos. La mano es más rápida que la cabeza. También dibuja a las personas que han participado en las acciones, como una suerte de instantáneas a tinta china, con cierto aire de acuarela, donde muestra la eficacia de la pose en esa potencia que tiene para «darnos como imagen». Los panes van dibujando distintas geometrías. Las gafas de sol doradas —en contraste con el riguroso blanco y negro del resto— generan un punto de luz que transforma a l*s protagonistas en seres de un relato de ciencia ficción. Estos dibujos nos hablan de acompañamiento, complicidad y buena sintonía. El primero es una suerte de autorretrato en el que la artista abraza una bolsa, supuestamente llena de barras de pan, que oculta casi todo su cuerpo, dejando a la vista sus manos. Toda una declaración de principios. Por último, traza mediante perforaciones sobre papel todos los recorridos que l*s participantes han esbozado a ciegas y de memoria después de cada acción, jugando con lo visible y lo invisible, pues cada orificio —la ausencia de materia— nos permite descubrir un itinerario en principio imperceptible que, como un texto en braille, nos invita al tacto, que es tanto como caminar con las manos.
Esta sonata acaba con un festín en una gran mesa compartida y, de postre, un baile. La pequeña comunidad formada por Ana Matey lograba abandonar, al menos por un día, su estado doméstico y restablecer el vínculo con lo salvaje. Nos dejamos penetrar por la levadura, para experimentar toda esa «multiplicidad simbiótica» que tan bien enunciaron Deleuze y Guattari, capaz de reunir animales, vegetales, microorganismos, partículas locas e incluso toda una galaxia. Tal vez «devenir» no sea otra cosa que un estado abierto a nuevos parentescos de alianza y contagio con todo lo demás, sin necesidad de establecer analogías ni semejanzas. Caminar, sentir y respirar como los animales que somos, capaces de conectar con nuestra propia naturaleza. Y, sobre todo, jugar. Por pura belleza.
Marta Mantecón
AQUÍ puedes ver el libro de artista editado y diseñado por PACAbooks


Comentarios recientes